¿Adiós a la danza?

Por Gustavo Emilio Rosales

Ahora que hay menos funciones de danza en México puedo darme el lujo de realizar labores largamente postergadas, como organizar mis múltiples archivos sobre el tema. Toda limpieza general en ese rubro, se sabe, puede provocar melancolía, sorpresas, suspiros por constatar cómo pasa el tiempo y cuánto se ha perdido.

Mi ejercicio organizacional no ha estado exento del efecto avasallante que suscita la añoranza. Miro carteleras de antes del 2000 y constato que mis recuerdos de la época son aún fidedignos: había funciones de danza casi todos los días de la semana (algunas veces, sólo algunas veces, los lunes quedaban sin oferta) y presencia constante de géneros hoy casi relegados al olvido total, como el flamenco.

Mis archiveros conservan notas semanales de cuatro o cinco medios de comunicación, programas de mano específicos para cada espectáculo y numerosos boletines de prensa en los que también se incluían noticias sobre festivales realizados en diversos estados. Me detengo a observar, en varios números de la revista Zona de Danza, las múltiples tomas de postura que esta oferta coreográfica provocó, desde la lírica exacerbada de César Delgado (para mucho, ponzoña impresa), hasta la lírica intelectual de su editor, Carlos Ocampo, quien no vivió para contemplar el páramo en que se ha convertido todo aquello.

Porque, en efecto, quienes hace treinta, veinte, y diez años lamentábamos que hubiera tan poco espacio para la danza en la vida social de este país, hoy día contemplamos azorados la extinción casi total de su presencia pública. Pues actualmente las dimensiones en que el arte coreográfico se muestra y se analiza han quedado reducidas a su mínima expresión. ¿Hay más burócratas dentro del sistema cultural que bailarines y coreógrafos? Probablemente, lo seguro es que los funcionarios, del menor al mayor, ganan más que los artistas e intelectuales, mientras que la inmensa mayoría del pueblo mexicano no elige el arte como espacio de reflexión y gozo simplemente porque no lo conoce: sus medio de legitimación, actualización y apropiación simbólica son la tele y el futbol.

¿Cómo puede alguien apostar por el arte como opción de consumo habitual si su vida cotidiana se reduce a trabajar doce o catorce horas para ganar de cincuenta a ochenta pesos diarios y después de este trajín casi animal el universo se le muestra a través de un locutor-comediante que sólo necesita ocupar 36 palabras para llenar una hora de transmisión televisiva, entre albures y encueres? En definitiva, no sólo la danza escénica se encuentra en peligro de extinción, sino todo el bagaje de nuestro capital artístico.

Yo creo que se sabía que esta devaluación cultural iba a venir, muy duro. Con un gobierno megareaccionario, un presidente que le rinde vasallaje sin sosiego a la lideresa del sindicato más poderoso de América Latina; una flamante Secretaria de Educación (hoy olvidada hasta por sus “amigos”) quien, como medida toral de trabajo elimina la obligatoriedad de la ética y la filosofía como materias del programa oficial de la SEP; un director de Conaculta ocioso, parcial y presuntamente corrupto; nada podríamos esperar que fuera diferente a este naufragio cultural.

La devaluación de la moneda es preocupante, pero más lo es la devaluación cultural, ya que de seguir este rumbo de desatención y penuria en que sobreviven las artes en México varias generaciones perderán memoria, herencias, valores y horizontes con los que construir integralmente su persona. Serán generaciones sin otra opción que convertirse en mano de obra barata para negociantes extranjeros que sí sacarán provecho de las muchas riquezas que aún quedan en territorio nacional.

El presente empobrecimiento de la danza no es un error de uno o dos burócratas. Es consecuencia grave de la ruta política de nuestros recientes sistemas de gobierno. Este empobrecimiento es más notorio en el campo coreográfico por ser este uno de los más débiles y poseer una de las comunidades más apolíticas y faltas de cohesión. Se extenderá, eso es seguro. La erosión de la danza se extenderá hacia otras dimensiones del arte y la cultura si, como ciudadanos, no ponemos un alto a tan aguda progresión de la miseria.

El conflicto actual entre Ballet Teatro del Espacio, Antares y el FONCA refleja esta gran crisis. No se trata sólo de las especificidades de los problemas en cuestión (que sólo se aclararán si los detalles de los procesos correspondientes salen a la luz), sino de que sea el FONCA la única opción para que artistas de indudable importancia e incuestionable trayectoria puedan seguir la labor profesional a la que han consagrado la mayor parte de su vida.

La solución no es darles a ellos y a tantos otros dinero para sobrevivir en el límite de la precariedad, sino fomentar que el país les brinde trabajo – funciones y cursos bien pagados - que les reporte dinero para desarrollar dignamente su labor en beneficio de comunidades que poco a poco se acostumbren a leer, a asistir a conciertos y espectáculos escénicos que, al poco tiempo de verlos, habrán de serles necesarios por que en ellos encuentran un ámbito de vida mucho más enriquecedor y estimulante que ver morir las últimas neuronas de Ortiz de Pinedo o Adal Ramones.

Pero esto no sucederá. Porque un México culto y proclive a la afinación espiritual sería un México con oferta digna de empleo y aceptables salarios; un México sin Narco, sin Calderón ni Gordillo, sin Los Chuchos, sin Azcárraga ni Slim, hasta sin Sergio Vela y anexos. Pero este tipo de personajes son protagonistas en el actual Statu Quo, los sacrificables, los millones de personas que podemos, fácilmente, ser imprescindibles, somos los ciudadanos. Por eso, para revertir el orden de las cosas, frenar el empobrecimiento artístico y fomentar la recuperación de nuestro capital cultural hay que cambiar radicalmente la configuración y paradigmas del sistema político vigente. Así de fácil.

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