Merce Cunningham

Gustavo Emilio Rosales

Lo que significa en la danza es la danza. No hay más, ni tiene porqué haber más, afirmaba Cunningham en el comienzo de los años cincuenta, en pleno impulso de su carrera individual, después de haber brillado como solista en la compañía de Martha Graham.

Quien baila no pretende ser otro, sino realzar su ser irrepetible: tocar lo específico de su construcción personal a través del movimiento. Cualquier otra postura coreográfica tiene que ver con la mentira, señaló este artista estadunidense en 1996, al recibir la beca Rockefeller. El movimiento humano — abundó en su discurso — es limitado por condiciones anatómicas, pero su variedad significante es infinita.

Las mentes más atrevidas, los creadores que ponen en riesgo su talento asiduamente por medio de cambios que marcan derroteros inéditos en su tradición, suelen poseer una certidumbre, una idée fixe que dota de coherencia los pasajes cambiantes de su obra. La certeza de Merce, a lo largo de sus 80 años de trayectoria profesional (y quizá antes, en sus primera década de vida), ha sido única: La danza se basta a sí misma para significar.

Lo vemos junto a John Cage, en el documental de 1991 elaborado por Elliot Capland. El músico y el coreógrafo, trabajan durante meses en piezas que habrán de durar diez o doce minutos. Los obsesiona la precisión. Una y otra vez verifican que lo coreográficamente pautado coincida con las señales correspondientes en diversos cronómetros. Se trata, para ambos, de encontrar en el Tiempo el alma gemela de sus disciplinas. Los bailarines que ponen en juego sus evoluciones en este proceso de laboratorio parecerían gélidos, ¿autómatas de la exactitud? No es fácil observar una pieza de Cunningham, pues para captar su hondo sentido hay que despojarse de la predisposición a “ver” y a “sentir” algo. Aprender a mirar…, nos dijo Octavio Paz.

El arte posterior a la modernidad consiste en aprender a mirar. Y Merce Cunningham fue quien primero, y de modo más determinante, despojó a la danza de sucedáneos y florituras para aspirar a mostrarla “tal cual es”: infinita en su variedad significante. Muchos otros creadores se aproximaron a su imán y todos adquirieron, bajo esta influencia, la noción de que el arte de avanzada habría de estar hecho de Tiempo.

Hoy, la mayor parte de esa legión de imaginadores ya no está. Murieron Cage, Bob Rauschenberg, Nam June Paik. ¿Murió su certidumbre? El mercado determina actualmente la noción de valor en la obra de arte y lo que está fuera de él, ante públicos ideológica e intelectualmente depauperados por los mecanismos paradigmáticos de hiperconsumo, parece no existir. Sin embargo, mediante recursos de su inventiva, que van desde presentaciones en vivo hasta el software para estudios coreográficos conocido como DanceForms, Merce Cunningham continúa impulsando su convicción creativa. A sus noventa años de edad, él es, sin duda, el coreógrafo más importante aún vivo.