Presentación de la Revista DCO Danza, Cuerpo, Obsesión

Texto del escritor y editor Jesús Quintero, por él leído en la presentación pública del número 11 –Gusto- de Revista DCO, la noche del miércoles 18 de febrero de 2009, en la Casa de Francia.

Varios rasgos anormales tiene esta revista, para ser breve mencionaré sólo dos que saltan de manera inmediata:

El primero es que una publicación dedicada a la danza, y a temas tangenciales, refrende la necesidad de hacer un alto para reflexionar sobre un tema que es tan subjetivo como las maneras y mañas que cada uno tiene de peinarse. Pensar y escribir sobre el gusto es un ejercicio que puede realizarse con ayuda de una amplia bibliografía, o también se puede acometer desde el más válido empirismo.

El segundo rasgo es que —a contracorriente de lo que dicta el canon del presente siglo para toda publicación periódica: el de la foto enorme y un raquítico pie— DCO aboga por textos largos, sustanciosos y, las más de las veces, provocativos. Esto, que parece una anomalía en tiempos de párrafos no mayores a los 800 caracteres, ciertamente lo es.

Gustavo Emilio Rosales y Analía Melgar – directores de la publicación - parecen apreciar el sudor de los cuerpos disciplinados y también el que emana en las axilas y en las frentes cuando los procesos mentales ante el teclado conducen a ese estado que me atrevo a definir como milagroso; es ese instante en que las palabras, dictadas desde el mayor misterio, se enlazan para arrojar luz sobre zonas inscritas en el cuerpo, en el ser.

Toda revista es una especie de creación del doctor Frankenstein; es un cuerpo conformado con experiencias y espíritus de distinto origen que, antes de integrarse como unidad, están sujetos a las decisiones, bisturí e hilo del científico que aspira, en este caso, no a ser Dios, sino a reunir en folios las creaciones de Dios que más le gustan con la esperanza de que esas páginas lleguen a espíritus afines y se propicie la discusión, el hallazgo y hasta la duda. DCO —es necesario enfatizarlo— dista mucho de ser un “monstruo maltrecho y desamparado” como el de la novela. Su número más reciente es un prisma con distintas intensidades que nace de una invitación inusual en estos días de calor y contingencias ambientales: pensar en lo impensable: el gusto.

Hay textos de bailarines y coreógrafos redactados desde la primera persona en que —con la calidez de la declaración arrancada a un emotivo correo electrónico— hablan de gustos, filias y fobias (particularmente a la danza clásica), y dan las razones de su quehacer. Si mi gusto por el papel y la tinta me hace una especie de animal del siglo 20, sí lamento que de los profesionales de la danza tengamos solamente fotos que representan asomos mínimos a lo que pueden desplegar sobre el escenario. Sé que una obra coreográfica no transita fácilmente del escenario al video, que los presupuestos de las compañías son magros, que está la cuestión de los derechos, que incluir un dvd en DCO será solamente factible si llegan los patrocinios, pero hago votos porque, en su sitio de internet o como un plus en la revista, en los siguientes números de DCO se pueda ver el movimiento y se perciba ese sudor que es “símbolo de la limpia espiritual que se goza”.

Mas la “carnita” , como se denomina en el periodismo a la médula, la he encontrado en un puñado de textos. Disiento con Diego Fischerman cuando asegura, “con malicia”, en sus propias palabras, que “cuando reinaba la hipocresía” el periodismo cultural servía “para dar al público la pátina de la cultura”, haciéndole innecesaria a éste la tarea de leer un libro o ver un filme para saber si es bueno o malo. Me queda la duda sobre a qué época y lugar se refiere el autor. Sospecho, sí, que ese examen no contempla a México. Como lector y partícipe del mismo, el periodismo cultural se hacía —al menos hace 25 o hasta hace 10 años— con más intención informativa que con carácter sentencioso. En nuestro país, la crítica de libros, cine, teatro, danza y artes plásticas ha optado más por el examen que por la sinopsis, más por las pregunta que por la respuesta categórica.

Hoy, y en este punto coincido con Fischerman, las secciones culturales y los escasos suplementos, con dignas excepciones. son meros receptores de boletines de prensa y de publireportajes; reflejan a un mercado que se distingue por dirigirse al consumidor distraído que ignora que el horizonte impuesto por los medios de comunicación es estrecho.

(Abro aquí un paréntesis para manifestar mi admiración porque la danza —con sus profesionales, amateurs, promotores, investigadores y público— sigue siendo, como desde hace siglos, un arte sustentado en el ser humano, ajeno a los altibajos de la Bolsa de Valores. Algo muy distinto a la industria editorial; de hecho, en octubre próximo se cumplirán 50 años de que Random House, que era un negocio familiar, decidió cotizar en la Bolsa de Nueva York con una primera emisión de acciones, cada una costaba 11.25 dólares y en unos meses su valor era 45 dólares; es decir, se cumplirá medio siglo de que los editores sensibles comenzaron a ser desplazados por los expertos en ventas.)

El texto del poeta ruso-estadounidense Joseph Brodsky me ha permitido conocer a este Premio Nobel. Y es que como tengo por regla no unirme a las masas, evito a los autores galardonados. El hallazgo ha sido, y lo agradezco, luminoso, pues comparto su defensa del lenguaje elaborado, del trabajo arduo ante la idea y la palabra, y —ante todo— la batalla contra el cliché.

Analía Melgar da en el blanco cuando afirma que el gusto no es comunicable porque sucede “en el rincón más alejado, protegido y recóndito de la subjetividad”. Y es, sin embargo, agrego yo, contagioso. Mas, cuando cotejas el arrobo que se puede sentir frente a una obra de arte con el gesto que se asume tras tomar la hostia en la misa católica, algo me salta, como el impío que soy. Mientras la misa es, a mi parecer, una puesta en escena, donde no faltan actores consumados —comenzando por el sacerdote—, la sensación de vértigo que nace ante una obra de arte tiene su origen en el mismo nido que el hallazgo del amor o de una amistad; es decir, en lo inesperado, en hallar esa parte que sabíamos nuestra y ausente de nuestro ser, y que hemos recuperado.

Al artículo de Gustavo Emilio Rosales quise responder, primero, hablándole de que la corrupción es inherente a una país que ha descuidado la educación a niveles de pánico, de que la masa siempre permanecerá ciega y sorda al quehacer de las minorías, etcétera, pero en lugar de hablar del panorama contemporáneo, que ya bastante desalentador parece, prefiero ir hacia atrás.

En 1864, Charles Baudelaire dio un consejo a sus colegas, escandalizados entonces porque sentían que la literatura de valía estaba siendo desplazada por las novelas de folletín:

“Muchos de quienes quiero y estimo se indignan con las celebridades actuales, Eugène Sue, Paul Féval, los logogrifos en acción; pero el talento de esa gente, por muy frívolo que sea, no deja de existir, y la cólera de mis amigos no existe, o tiene menos existencia, porque es tiempo perdido, la cosa que menos vale en el mundo. El problema no está en saber si la literatura de moda es superior a la que nosotros hacemos. Eso no será más que justo, a medias, mientras no pongan ustedes en el género que quieran tanto talento como pone Eugène Sue en el suyo. Inspiren el mismo interés con medios nuevo, adquieran una fuerza igual o superior de sentido contrario, dupliquen, tripliquen, cuadrupliquen la dosis hasta una concentración igual, y no tendrán ya derecho a hablar mal del burgués porque el burgués estará del lado de ustedes. Hasta entonces, ¡ay de los vencidos! Porque nada es más verdadero que la fuerza, que es la justicia suprema”.

A la pobreza y a la ignominia hay que responder con imaginación, con compromiso hacia el arte, con inteligencia, con discursos dancísticos bien articulados, con total rechazo a los lugares comunes. Es innegable que el arte escénico necesita seducir al espectador para que éste abra sus sentidos y permita que la riqueza de una obra lo toque. Pero ¿qué pasa cuando el espectador decide apagar la televisión, adquiere un boleto y lo que ve sobre el escenario no lo deslumbra? Estoy de acuerdo contigo en que la sensibilidad del público está magullada por los medios, de que los vicios en las instituciones de cultura y la pobreza del periodismo conforman un círculo vicioso, pero ¿qué hay de los artistas? Quiero creer que DCO puede ser una de las espuelas que necesitan sentir muchos bailarines y corógrafos.

Las páginas que esta noche nos convocan, tienen un rasgo que aprecio mucho y que no hallo con frecuencia en las publicaciones mexicanas: su lectura ha despertado en mí muchas preguntas vinculadas con el tema. Lanzo sólo algunas: ¿Creen ustedes que el gusto es una sensación?, ¿a los dos años era más puro nuestro gusto que a los 46?, ¿es el gusto aquello que nos imponen los medios?

Pero basta. Esas y otras cuestiones se las haré al editor de DCO cuando el brindis nos haya elevado muy por encima de la Zona Rosa. Me quiero dar ese gusto. (Jesús Quintero)