Por Gustavo Emilio Rosales
Desempleo y subempleo son los nombres de la peste que azota actualmente a la mayor parte de los pueblos. Sus consecuencias son todas de miseria y apuntan a rajar de forma irremediable las estructuras fundamentales del ideal pancapitalista, basado en sistemas económicos que aún protegen descaradamente y sin reservas a quienes, por generaciones, se han dedicado a especular, sin producir, con patrimonios de índole comunitaria.
Desempleo y subempleo por doquier en México: campesinos sin tierra, académicos al mando de taxis, científicos dobleteando jornadas en algún improvisado lugar de telemarketing; extraordinarios bailarines sin bailar. Cientos de extraordinarios bailarines sin bailar. Coreógrafos sin teatros, obras que se pierden o no nacen por falta de difusión y escaparates, maestros que, por sueldos exiguos, enseñan a talentosos jóvenes cuyo futuro más probable será dedicar toda su energía a ejercer labores distantes de su sueño creativo.
Cuánta pena, cuánta rabia se genera por constatar que nuestro capital simbólico representado por el arte se diluye ante el avance de la demagogia política, el fortalecimiento del Narco, la educación estratégicamente manipulada y la enajenación brutal impulsada con vigor por el binomio de las televisoras.
Es cierto, se dirá, que México posee una estructura de fomento cultural que no tienen ni tendrán muchos países. En Argentina, por ejemplo, no existe ni el diez por ciento de los apoyos que aquí se brindan institucionalmente. Es cierto esto y cierto es que muchos, cientos, hemos sido beneficiados con becas que han sido definitorias para llevar a cabo proyectos importantes. Sin embargo (y atención a lo que sigue), esta estructura de fomento tiene en sí misma a su peor enemigo, que es una intrincadísima burocracia cultural que gasta en mantenerse más de lo que ofrece como apoyo, sin rendir resultados coherentes.
Este fenómeno, que bien podría llamarse parálisis por exceso de burocracia ineficiente, está vinculado directamente con el poco consumo de bienes artísticos por parte del pueblo en general. Este bajo consumo, lo sabemos, no se da ni por mala voluntad ni por desprecio ni por cortedad de espíritu. Se da por que desde hace muchos años nuestros gobernantes han despreciado las áreas de fomento artístico y cultural. No les importa fomentar decididamente lo que engrandece a la persona pues, ¿qué población con conciencia política y horizontes de existencia potenciados por la creatividad y el anhelo cierto de progreso toleraría a un Gober precioso, a un Ulises Ruiz o a un Felipe Calderón? Ninguna.
Así, dado que la producción artística no encuentra fácilmente a sus consumidores, los apoyos otorgados por el sector institucional –que si bien son valiosos, son, hay que decirlo, apenas suficientes para editar un libro o montar una puesta en escena- se diluyen rápidamente y artistas e intelectuales tenemos una y otra vez que empezar de cero nuestra actividad, siempre recortando gastos, sacrificando alcances, mientras que los señores de la alta burocracia cultural ganan sueldos altísimos y manejan la programación sostenida con dinero de los impuestos ciudadanos como si fuera su propio coto de poder.
Nadie les pide cuentas a estos funcionarios que no funcionan o funcionan a medias. ¿Qué contraloría u organismo facultado le pedirá explicar a Omar Chanona el bajo nivel de investigación desarrollado bajo su gestión?, ¿Cómo explicaría, desde su posición de directora, Guadalupe del Rosario Núñez López la opacidad y el retroceso académico de
Tenemos que cambiar las rutas con que se administra el arte en México. Devolverle a la cultura su filo político, su condición de ser motor de cambio. Es insoportable comenzar otro año a medias, con la esperanza de sólo rumiar las migajas que tienen a bien dejar los cortesanos de la ineficiencia gubernamental. Urge abrir campos de estudio y proyección, tender puentes verídicos hacia la actualización; comprometernos. Urge, es impostergable, abrir nuevas fuentes de trabajo para que nuestros artistas no sigan siendo o terminen siendo, subempleados. El problema laboral en la danza –de gravedad inimaginable- es, desgraciadamente, sólo una arista del problema central, que consiste en que el Gobierno mexicano está empobreciendo su fundamento cultural. Hoy que hablan las armas, los arreglos clandestinos para vender
En otros sectores fundamentales para la vida nacional, las comunidades se están agrupando y asumiendo posiciones de batalla. Surgen células sociales bien estructuradas en el campo, en el magisterio, en talleres y fábricas. Son la resistencia, la imprescindible resistencia. ¿Cuándo se verá la respuesta desde el sector del arte? Aún no es tarde.
