Lunes, diciembre 22, 2008
Por Patricia Hernández Esquivel
La danza hace a los seres que la interpretan tremendamente frágiles tanto en el escenario como fuera de el. Pensemos por un momento en un día normal de un interprete, digamos que por la mañana toma una clase de entrenamiento, para esa clase se debe estar listo, músculos y huesos dispuestos a conectarse con el yo interno, esfuerzo desmedido de concentración y de sensaciones para evitar caer en lo mecánico, para encontrarle un sentido nuevo cada día a la rutina ya aprendida, al mismo tandeu que ha realizado por años. Después viene el ensayo, el proceso creativo que comparte a lado de un director y compañeros, en este proceso el bailarín debe no solo concentrarse en aprenderse secuencias y en poder captar el motivo del coreógrafo. El intérprete utiliza sus recursos vivénciales y técnicos para adueñarse de la propuesta, debe transforma su salón de ensayo en otro espacio: en un mar, en un campo de guerra, una cama, o algo totalmente irreal; debe transforma su cuerpo y entrar en otros para lograr el complejo tejido de una danza.
El trabajo del interprete no termina cuando sale del salón de ensayo, su trabajo involucra el relacionarse con otras artes, al menos acercarse a ellas como mero espectador, involucra el ser observador y sensible a las cosas mas cotidianas que acontecen a su alrededor, vivir y participar de su propia vida para obtener el material suficiente que le permita cumplir su labor de interprete creador.
Además un intérprete de danza debe cuidar de su cuerpo mas allá incluso de lo que se cree, no solo comer bien y descansar. El cuerpo es siempre un reflejo del tiempo, el cuerpo se desgasta y siendo este el material de trabajo, se deben tener cuidados extras para garantizar su sanidad. “El bailarín requiere fortaleza interna para vivir como un desclasado, por no poder hacer una vida convencional, por insistir en una formación física detallada, minuciosa, acuciosa. En él se conjuga una paradoja esencial de rebeldía-docilidad: generalmente, escoger la danza es o da lugar a una afirmación insumisa, ya que esta actividad no se considera una profesión seria ni lucrativa. Sin embargo, esa supuesta rebeldía se contradice con la aceptación de un sistema subyugante, cuya finalidad es someter el cuerpo a una disciplina: Es dócil un cuerpo que puede ser sometido, que puede ser utilizado, que puede ser transformado y perfeccionado”.1
La parte mas difícil de atender es la emocional- espiritual, esta parte es menguante, impredecible, retadora. Los artistas son pasionales y es ahí donde reside muchas veces la magia en escena. Pero como lidiar con esta bola de emociones y vulnerabilidades en la labor de todos los días, hasta donde la propia existencia con todas sus contrariedades los ayuda o los aleja de la meta. No es lo mismo llegar a una oficina y hacer un trabajo mental, que llegar a un ensayo y hacer un trabajo tan íntimo como lo es acto creativo
El bailarín es una compleja mezcla de independencia y dependencia en la cual la compañía o grupo desempeña la función de familia. La danza obliga a muchos a migrar a sitios con mayor desarrollo dancístico y enfrentar condiciones de soledad y angustia; frágil como un cristal, debe ser rígido en su interior para evitar estrellarse. La vida en la danza lo "marca" socialmente de una forma u otra; al bailar entra a un mundo difícil de abandonar, porque dentro de él cumple la fantasía de la "multi-identidad": en el foro se puede ser cualquier cosa. En comparación con la temporalidad profesional de otros artistas, para muchos tener que abandonar el escenario a temprana edad significa una tragedia.2
La familia, pareja o amigos cercanos sostienen la labor de un bailarín, sin la ayuda económica de ellos es muy difícil que el intérprete pueda seguir su carrera y entrenamiento. Esa es la otra parte y quizás la más endeble en donde el bailarín es débil, no de espíritu, pues sabe que su profesión exige la renuncia a una vida ambiciosa materialmente, es un sacrificio del tener por el ser. Requiere de la ayuda de sus seres cercanos para al menos al principio costearse su vocación; los mas afortunados quizás logren alcanzar el éxito económico y no siempre es realizando el trabajo que para ellos resulte mas convincente.
Tremenda paradoja la de bailar, sin embargo nada es imposible cuando la danza es vital para el interprete, las verdaderas vocaciones sobreviven a todas las pruebas; sin embargo creo que ya es tiempo de que el sistema social y cultural reconozca la ardua tarea de los dedicados al arte dancístico y haga mas llevadera esta labor que por si misma es complicada y fascinante.
Por Patricia Hernández Esquivel
La danza hace a los seres que la interpretan tremendamente frágiles tanto en el escenario como fuera de el. Pensemos por un momento en un día normal de un interprete, digamos que por la mañana toma una clase de entrenamiento, para esa clase se debe estar listo, músculos y huesos dispuestos a conectarse con el yo interno, esfuerzo desmedido de concentración y de sensaciones para evitar caer en lo mecánico, para encontrarle un sentido nuevo cada día a la rutina ya aprendida, al mismo tandeu que ha realizado por años. Después viene el ensayo, el proceso creativo que comparte a lado de un director y compañeros, en este proceso el bailarín debe no solo concentrarse en aprenderse secuencias y en poder captar el motivo del coreógrafo. El intérprete utiliza sus recursos vivénciales y técnicos para adueñarse de la propuesta, debe transforma su salón de ensayo en otro espacio: en un mar, en un campo de guerra, una cama, o algo totalmente irreal; debe transforma su cuerpo y entrar en otros para lograr el complejo tejido de una danza.
El trabajo del interprete no termina cuando sale del salón de ensayo, su trabajo involucra el relacionarse con otras artes, al menos acercarse a ellas como mero espectador, involucra el ser observador y sensible a las cosas mas cotidianas que acontecen a su alrededor, vivir y participar de su propia vida para obtener el material suficiente que le permita cumplir su labor de interprete creador.
Además un intérprete de danza debe cuidar de su cuerpo mas allá incluso de lo que se cree, no solo comer bien y descansar. El cuerpo es siempre un reflejo del tiempo, el cuerpo se desgasta y siendo este el material de trabajo, se deben tener cuidados extras para garantizar su sanidad. “El bailarín requiere fortaleza interna para vivir como un desclasado, por no poder hacer una vida convencional, por insistir en una formación física detallada, minuciosa, acuciosa. En él se conjuga una paradoja esencial de rebeldía-docilidad: generalmente, escoger la danza es o da lugar a una afirmación insumisa, ya que esta actividad no se considera una profesión seria ni lucrativa. Sin embargo, esa supuesta rebeldía se contradice con la aceptación de un sistema subyugante, cuya finalidad es someter el cuerpo a una disciplina: Es dócil un cuerpo que puede ser sometido, que puede ser utilizado, que puede ser transformado y perfeccionado”.1
La parte mas difícil de atender es la emocional- espiritual, esta parte es menguante, impredecible, retadora. Los artistas son pasionales y es ahí donde reside muchas veces la magia en escena. Pero como lidiar con esta bola de emociones y vulnerabilidades en la labor de todos los días, hasta donde la propia existencia con todas sus contrariedades los ayuda o los aleja de la meta. No es lo mismo llegar a una oficina y hacer un trabajo mental, que llegar a un ensayo y hacer un trabajo tan íntimo como lo es acto creativo
El bailarín es una compleja mezcla de independencia y dependencia en la cual la compañía o grupo desempeña la función de familia. La danza obliga a muchos a migrar a sitios con mayor desarrollo dancístico y enfrentar condiciones de soledad y angustia; frágil como un cristal, debe ser rígido en su interior para evitar estrellarse. La vida en la danza lo "marca" socialmente de una forma u otra; al bailar entra a un mundo difícil de abandonar, porque dentro de él cumple la fantasía de la "multi-identidad": en el foro se puede ser cualquier cosa. En comparación con la temporalidad profesional de otros artistas, para muchos tener que abandonar el escenario a temprana edad significa una tragedia.2
La familia, pareja o amigos cercanos sostienen la labor de un bailarín, sin la ayuda económica de ellos es muy difícil que el intérprete pueda seguir su carrera y entrenamiento. Esa es la otra parte y quizás la más endeble en donde el bailarín es débil, no de espíritu, pues sabe que su profesión exige la renuncia a una vida ambiciosa materialmente, es un sacrificio del tener por el ser. Requiere de la ayuda de sus seres cercanos para al menos al principio costearse su vocación; los mas afortunados quizás logren alcanzar el éxito económico y no siempre es realizando el trabajo que para ellos resulte mas convincente.
Tremenda paradoja la de bailar, sin embargo nada es imposible cuando la danza es vital para el interprete, las verdaderas vocaciones sobreviven a todas las pruebas; sin embargo creo que ya es tiempo de que el sistema social y cultural reconozca la ardua tarea de los dedicados al arte dancístico y haga mas llevadera esta labor que por si misma es complicada y fascinante.
