El murmullo de la mente

Por Rhea Volij

Miércoles, diciembre 24, 2008


Bailarina, coreógrafa y maestra argentina.

Artista comprometida con la danza butoh.

Directora de la compañía La Brizna.

butoh@artea.com.ar


En el butoh, apelamos a la imagen del cuerpo sin órganos, un cuerpo sin organización, como el que proponen Artaud y Deleuze. Es un estado de multiplicidad de fuerzas, en el que cada parte el cuerpo comienza a realizar su propia escucha y su propio recorrido.

Esto sólo es posible si, primero, hacemos silencio. Acallar el murmullo de la mente, morir del cuerpo cultural (social) que produce incesantemente subjetividad desechable, ruidosa y hueca.

Silencio. Cuerpo muerto de la cultura. Alcanzar el vacío que las capas de la cotidianeidad ocultan. Vacío y silencio dan inicio a una danza que no tiene un antes y un después, no tienen un pensamiento o una acción. No hay dicotomía. No hay afuera y adentro. Hay transformación, devenir.

El cuerpo muerto se transforma. El cadáver baila su doble condición: su vida y su muerte componen una presencia.

El paradigma del butoh radica en la construcción de ese cuerpo, atravesado por devenires, pero siempre inserto dentro de la compleja tensión de vida y muerte.

Imágenes y memorias son encarnadas: ese es el devenir, y así aparece una poética del cuerpo. Ser es devenir. En la danza butoh, esta frase cobra un sentido total, resplandeciente. Devenir sapo y princesa, ciego, árbol, agua, pescador: son la forma de mis fuerzas. Danzo las fuerzas, no sus representaciones.

El devenir no es un acto volitivo: no hay un deseo de comunicar, ni de expresar. Soy danzado. Y en ese verbo pasivo ocurre la magia: presencia. Lo personal se diluye en un singular que es universal. Volverse niño es también contener a todos los niños, a la infancia. Infinito. Lo infinito contenido en la presencia de lo finito.

Las memorias me danzan. No es lo mismo que recordar. Recordar implica una dicotomía: producción mental/producción expresiva Pero no. La danza no expresa. La danza es intensa e intensiva. Ocurre en el paisaje del cuerpo, viaja en la duración. En ese paisaje, se produce la alquimia del Tiempo: presente y pasado se reúnen en la presencia, se resignifican, crean una poética en tiempo real, pero atravesada por ese espesor temporal que es la duración. Todas mis vidas y todas mis muertes/os configuran la materialidad de la duración, esa tensión (intensidad) tan propia del bailarín butoh.

Pero otras fuerzas me componen, otras fuerzas también construyen el cuerpo que danza. Francis Bacon declara que él pinta las fuerzas, por su parte, el butoh baila las fuerzas.

Bacon explica que el origen de su pintura nace en el córtex, un cerebro primitivo conectado directamente con el sistema nervioso. En su explicación, aparece el cuerpo como un ser de la sensación. Seguir el trayecto de la sensación, conglomerado de vibraciones y memorias; un pensamiento del cuerpo. A la violencia de lo representado, se opone la violencia de la sensación, dice Deleuze acerca de la pintura de Bacon. El butoh es parte de esa estética no complaciente, que no tiene filtro mental que apacigüe el estado descarnado de estar vivo y de vivirlo.

Hijikata, creador del butoh, lanzó el nombre ankoku butoh, y esta palabra, ankoku, encierra lo que se oculta de nosotros mismos, lo inconsciente, nuestra espalda. Entonces, entramos en nuestras tinieblas y seguimos su trayecto. ¿Quién soy cada vez? ¿Adónde voy? No hay respuestas absolutas, hay descubrimientos. No hay murmullos de la mente pero hay un murmurar del cuerpo, un balbuceo que el bailarín sigue con paciencia y entrega.

Un gran maestro del budismo zen, Daisetz Suzuki, ha acuñado un concepto que es espejo del pensamiento que se gesta en la danza: la intuición cósmica, un estado totalizador del que somos parte constitutiva, como elementos del cosmos. Esa intuición hace nacer una danza, un sutil modo de la presencia a cada instante.

“Mi cuerpo danza la danza que mi cuerpo recuerda”, dice el bailarín Min Tanaka. En el trayecto, el cuerpo vuelve polifacéticas a todas las imágenes; la sensación es una vibración que viaja de capa en capa (memorias vegetales, minerales, humanas, cósmicas). La danza, más que formarnos, nos deforma. La vida nos deforma. El cuerpo, en estado prismático e intuitivo. En la precisión de esa intuición, aparece la danza, una revelación prismática de nuestro estar en la Tierra.