Jueves, diciembre 25, 2008
Por Gustavo Emilio Rosales
Las reflexiones acerca del cuerpo, que adquirieron un considerable auge a partir de la segunda mitad del siglo XX (1), continúan de tal modo vigentes que a ellas se han adscrito, enriqueciéndolas, múltiples procedimientos especializados que buscan armonizar las tensiones psicofísicas del individuo en estados óptimos de salud, principalmente instaurados como opciones de mejoramiento de la calidad de vida en sociedades altamente industrializadas.
A este cúmulo de consideraciones, estudios y prácticas se le ha dado en llamar cultura de cuerpo(2), dimensión intelectual y orgánica donde se ejercitan y revisan los fenómenos que tienen por horizonte el redescubrimiento de la presencia y valores esenciales de la corporeidad.
Una de las constantes de esta dimensión cultural es la permanente, y en la mayoría de las ocasiones complementaria, oposición entre los códigos sociales que determinan nuestra interacción corporal y el deseo que impulsa al sujeto a generar “un espectro mayor de posibilidades adaptativas y de reorganización (de la propia conducta)”(3). De tal forma, el cuerpo se instaura en la cultura como “el escenario de una tensión dramática entre el deseo y la ley, la pulsión y el sentido”(4).
Es en la esfera de las artes donde los elementos constitutivos del deseo adquieren su representación simbólica y por ende la máxima expresión de sus relaciones intertextuales como motor fundamental de la vida humana, lo que en el plano psicoanalítico se traduce, de acuerdo con lo señalado por la doctora Margarita Baz y Téllez, como “la inscripción simbólica de la falta, una ausencia mítica que nos funda como humanos en la incompletud ontológica desde la cual se teje una inacabable búsqueda plagada de incertidumbres, placeres y sufrimientos”(5).
En consecuencia, se hace manifiesto el hecho de que la danza ejercitada en la escala de una disciplina artística posee una doble connotación de identidad ligada al cuerpo. En primer lugar, porque cual proceso creador, “representa la situación en el mundo de un ser de deseo”(6); y enseguida al realizar esta representación a partir y por medio del cuerpo mismo, que –o, mejor dicho, quien (ya que en este caso es evidente que cualquier referencia a estados de corporeidad es una referencia al sujeto)- participa simultáneamente de las condiciones de creador y de obra.
[1] Dominique Picard construye un marco teórico ejemplar en su paradigmática obra Del código al deseo, el cuerpo en la relación social (Paidós, Técnicas y lenguajes corporales, No.23; Buenos Aires, 1986), donde se analizan los principales textos teóricos del llamado movimiento corporalista (Laban, Reich, Lowen, Perls, Marcuse, Merleau-Ponty, Ruyer).
[2] Tanto por la intensidad con que circulan en relación social las ideas sobre corporeidad, como por el interés intelectual que en ella misma cobran se dice que “cultura del cuerpo es la nuestra: la biomedicina obliga hoy a considerar el cuerpo como objeto de derecho, con su ambivalencia fenomenológica de cuerpo que se es y cuerpo que se tiene, traducida en diversas doctrinas biojurídicas sobre la propiedad corporal y su licitud de comercialización. Este reciente capítulo de la pertenencia y disponibilidad del cuerpo es un oportuno ejemplo de las virtualidades de la somatología -o teoría integral del cuerpo humano- para la fundamentación de la bioética, de la nueva ética de vida”. En Mainetti, José Alberto. Antropobioética; Ed. Quirón, La Plata, 1995.
[3] Lizarraga, Xabier. El placer hizo al hombre (y el displacer a la humanidad). Ludus Vitalis, Vol.III, No.4, 1995. México, Anthropos/Plural. Citado en Cardona, Patricia. Dramaturgia del bailarín. Cazador de Mariposas. Escenología A.C./Conaculta-INBA, 2000; p. 37.
[4] Picard, op. cit.
[5] Baz, Margarita. De poéticas y pasiones: reflexiones sobre la subjetividad en la danza. En La danza en México. Visiones de cinco siglos. Vol. I. Conaculta-INBA/Escenología; México 2002, p.89.
[6] Ibid.
