Por Rosario Pinelo
“No pretendas que las cosas y las personas sean como las deseas. Deséalas como son”, Epicteto
El amor es una decisión. La etapa más elevada de un proceso que se inicia con la primera mirada de deseo. Esto no es una regla, pero generalmente sucede así. Tal vez muchos nunca lleguemos a la etapa suprema y nos quedemos en la superficie. Y es que del deseo al amor hay un enorme trecho. Para amar a otro, debemos empezar por uno mismo. Si uno no es capaz de amarse, no podrá dar lo que no posee. Dar nos libera del egoísmo innato que nos caracteriza para ser uno sólo con el otro. Para salvar la distancia que nos separa del otro. Que de esta manera viene a convertirse en el centro de nuestra atención. El futuro es él o ella.
Como escribe Erich Fromm en su texto El arte de amar, el amor tiene un carácter activo que implica cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento. Es decir una intención genuina por trabajar por alguien y hacerlo crecer; de preocuparse por sus necesidades psíquicas y de su desarrollo tal como es. [1]
Evidentemente un trabajo que tiene que ver más con el raciocinio que con el proceso químico que se inicia con la acción de las hormonas sexuales en el sistema nervioso central y que provoca en quienes lo experimentan características conocidas como: ritmo cardiaco acelerado, manos sudosas, nerviosismo, dificultad para respirar y las clásicas mariposas en el estómago. Eso es estar enamorados, “el súbito derrumbe de las barreras que existían hasta ese momento entre dos desconocidos”. [2]
Desafortunadamente el amor se confunde fácilmente con este estado. La mayoría de la gente une el deseo sexual a la idea del amor, se cree que se ama cuando en realidad se desea físicamente. Y si bien ambas se complementan, no necesariamente una lleva a la otra. La confusión está en la misma historia. En principio no existe una definición absoluta del concepto. Cada quien tiene la propia según su circunstancia.
Originalmente los filósofos describieron el amor como un sentimiento vago que proviene del alma. En
A principios del siglo pasado ya es una enfermedad de la mente y los psicólogos los encargados de estudiarla. A final de cuentas serán las neurociencias, con la neurobiología al frente, quienes descubrirán el origen de tan complejo sentimiento.
Definido como un conjunto de sentimientos y cúmulo de sensaciones, la neurobiología empieza a estudiarlo a partir de las sensaciones. O sea de la atracción sexual. Llegando a descubrirse el proceso químico donde las hormonas ocupan un lugar fundamental.
“La primera fase se inicia en la corteza cerebral cuando a través de la nariz, el cerebro percibe un mensaje enviado por una sustancia llamada feromona, que puede viajar muchos metros y es única en cada individuo. Si encuentra un receptor, éste se sentirá inquieto y si hace contacto visual con el dueño (a) tiene lugar un choque eléctrico a nivel del tálamo, cuya respuesta a esa feromona es la segregación de una sustancia llamada fenilatilomina que va a inundar todo el cerebro. Este, a su vez, responderá mediante la secreción de dopamina y /o norepinefrina, sustancias que van a iniciar el trabajo de los neurotransmisores y con ello una serie de reacciones conocidas como “alboroto del amor”.
“Para equilibrar esta situación que puede llegar a la locura, el cerebro segrega un péptido llamado endorfina que va a dar calma y tranquilidad al individuo. Una vez que el cerebro empieza a desbloquearse se siente la necesidad biológica de tocar al sujeto de nuestros pensamientos. Es la neuroquímica o del enamoramiento que puede durar hasta tres años”.[3]
De todos es conocido que cuando el proceso biológico no es racionalizado, la relación genera una serie de conflictos: parejas que se divorcian muy jóvenes, mujeres u hombres que no aceptan que la relación se termina y se obsesionan, hombres y mujeres que tienen parejas y más parejas sin hallar plenitud.
Helen Fisher, antropóloga estadounidense que ha dedicado varios estudios al fenómeno del amor, elaboró una investigación a lo largo de 15 años en 62 países y sus resultados le sugieren que la mayor parte de las mujeres están predispuestas a abandonar a su compañero poco después de la ceremonia matrimonial. Por tanto para ella, “las sustancias químicas que libera el cerebro y que hacen que nos enamoremos se agotan al cabo de 36 meses... No creo que esto sea algo que deba sorprendernos, prácticamente ningún otro mamífero permanece cuatro años con el mismo compañero”. [4]
Es aquí donde entra la decisión, el acto de voluntad de dedicarnos a la otra persona. Es decir, un acto de raciocinio donde las hormonas del deseo pasan a ocupar un lugar secundario para ceder al amor la oportunidad de manifestarse. Mas ¿cómo se logra eso?
Primero y siguiendo a Fromm, cuando tenemos la capacidad de verlo objetivamente[5]: tal como es, no como lo hemos imaginado o idealizado sino aceptándolo con todos sus defectos para caminar juntos por la vida. Para lograrlo necesitaremos de todo lo que necesita un arte: disciplina, paciencia, concentración y preocupación [6] . A veces más de una que de otra pero esa es la tarea si de verdad amamos a alguien.
Francesco Alberoni, sociólogo italiano que ha dedicado varios ensayos al complejo fenómeno del amor, dice que el enamoramiento es evocado por el futuro, ya que nos atrae la persona capaz de hacernos crecer y realizar posibilidades a futuro, proyectos comunes. “El individuo no se enamora de su pasado, sino de su futuro, de aquello que puede llegar a ser”.
Cada quien decide cuanto tiempo. Quizá tanto como les sea posible a los involucrados compartir y compartirse; tenerse paciencia, deseándose tal y como son; en la capacidad por preocuparse por la felicidad del otro, sin perder de vista lo que diría Luis Lesur, uno de los astrólogos más reconocidos de México.
“Ninguna relación de pareja va a satisfacer del todo nuestras necesidades, y uno de los errores centrales de la cultura occidental es pensar que nuestra pareja tiene que ser nuestro amante, nuestro amigo, nuestro papá, nuestro todo”.[7]
Así que sostener una pareja es más cuestión de cerebro que de hormonas y corazón.
[1] Erich Fromm, “El arte de amar”, pags. 34-40
[2] Erich Fromm “El arte de amar”, pag. 58
[3] En ¿Flechazo de siete años?, Revista Tiempo Libre No. 927, 12 -18 de febrero, 1998. Pags. 76-77.
[5] Erich Fromm, El arte de amar, pag. 115
[6] Idem
[7] En ¿Pareja perfecta? Revista Conozca más, No. 152, sep. 2002. Pags. 42-48.
