La danza - escribió Valéry- no es después de todo más que una forma del Tiempo, no es más que la creación de una especie de tiempo, o de un Tiempo completamente distinto y singular." (1) Esa forma se plasma en un cuerpo que se modela a medida que se desplaza y cuyo trayecto pone en juego una composición rítmica de los gestos, de las posiciones, de las tensiones corporales; esas tensiones se acrecientan o declinan apresurada o lentamente, se suspenden o se sostienen en figuras de duración finita y al mismo tiempo indefinida. La forma emerge de la precipitación disciplinada de los impulsos musculares, del cálculo instantáneo de las fisonomías, en la anticipación gestual de los rostros arrastrados por la tensión indócil de un cuerpo. La danza invoca un cuerpo cuyos contornos y volumen se despliegan como signos que emergen siempre en el vértice del extravío, de la vacuidad. El cuerpo exhibe el espectro de las figuras de una pulsación ilimitada y cuya conclusión no es sino la señal del agotamiento. Sin embargo, para Valéry, el Tiempo no es un fondo capaz de contener toda temporalidad; no es un lapso inmutable, vacío, un recipiente en el que se habrá de desplegar la forma cambiante de las cosas. No es, tampoco, una condición intrínseca a la comprensión humana del mundo y que sería su fundamento enteramente subjetivo. Valéry propone que quien danza se sumerge, de alguna manera, en una duración que ella misma engendra, una duración hecha por completo de una energía momentánea, de un agolpamiento del impulso, de una energía que impregna enteramente lo que no puede durar. Al reconocer en la danza una condición temporal intrínseca, propia, intransmisible, Valéry invoca asimismo un perfil singular de las potencias del cuerpo y su devenir, una peculiar dinámica de sus equilibrios, una conjugación de la mirada propia y la mirada del otro como condición de la propia identidad. Esa alianza funda la duración de los gestos o la rapidez de los movimientos. Tiempo y cuerpo surgen conjuntamente de los impulsos corporales. El tiempo en la danza adquiere una naturaleza que le es propia, y su ritmo no es solamente el de la sucesión escrupulosa de estampas, de efigies de cuerpos cuidadosamente modelados para otra mirada. No es una cronología adivinable de los acentos de un gesto o una posición precaria en la turbulencia de la figuración, sino la multiplicidad de sucesiones y de despliegues del cuerpo, de la rapidez y la fijeza de los desplazamientos, de los movimientos que se suceden y se conjugan en lo que percibimos como una trayectoria, que no es otra cosa que la invención geométrica de una memoria de las sucesiones y las intensidades, los ritmos y las pulsaciones del cuerpo. Engendran al mismo tiempo signos y acentos, figuras que traslucen la dilapidación de las sensaciones y el dolor, del quebrantamiento y la transgresión de los límites de las calidades del cuerpo. El sentido de esa secuencia de movimientos se afirma en el despliegue de los gestos, en la trayectoria que exhibe fatalmente la rapidez y la puntuación de la respiración y el cansancio, que hace visibles la torsión, la fijeza y el desfallecimiento de un impulso corporal.
[1] Paul Valéry, “Philosophie de la danse”, en (Euvres, 2 vols, introd. Agathe Rouart-Valéry, ed. Jean Hythier, París, Gallimard, Bibliotheque de
* Raymundo Mier es filósofo y académico de la Universidad Autónoma Metropolitana y de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, en México.
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